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| Aparición de la Virgen a Juan Diego |
LA LEYENDA NEGRA
LA
ARGENTINA COLONIAL
Mi Patria, la
Argentina, estaba fundada en las leyes de Indias, que eran justísimas. ¿Y eso
cómo se demuestra? ¿Qué dato objetivo podemos dar después de 200 años? –Que no
había aparato represivo, En la Argentina hacia el año 1806 no había ninguna
fuerza de represión, los vecinos hacían sus prácticas para defenderse. Había en
todo el Virreynato del Río de la Plata 400 soldados viejos, que habían quedado
de la expedición de Cevallos en la guerra contra Portugal. El ejército se
construyó en 1806 cuando vinieron las invasiones inglesas, para defenderse de
la invasión inglesa. ¿Y por qué no había represión?. Porque cumplían los 10
Mandamientos. Cuando el termómetro de la ley interna está muy alto, el termómetro
de la represión social, decía Donoso
Cortés, es muy bajo. Cuando el desorden interno es muy grande la represión
afuera, para que no se transforme en el
mundo de la selva, es muy alta
Y esa es la razón que
tienen nuestros ejércitos; defendernos del problema exterior. Por eso los
quieren disolver... (pp10-11)
(...) LA CIUDAD DE DIOS Y LA LEYENDA NEGRA
Para tratar el tema de la Leyenda Negra debemos pedir ayuda a San Agustín. ¿Por qué? Porque San Agustín fue uno de los refutadores de la leyenda negra de su tiempo. Y debió escribir muchísimo porque debía responder a un cuestionamiento total, como ahora .
Soportaba, una guerra que iba desde la teología hasta las flechas; (ahora va desde la teología hasta las balas, con el terrorismo), y entonces había que dar respuesta a todos esos ataques que iban desde la raíz hasta la copa del árbol. Reformulaba en esa defensa la visión de la Cristiandad.
¿Cuál es el ataque que tuvo San Agustín? Los paganos acusaban al cristianismo de ser el culpable de la destrucción de Roma por los bárbaros. Esa era la leyenda negra. Y él escribe en respuesta "La Ciudad de Dios", que fue la Suma Teológica de su tiempo. Y rigió toda la reconstrucción cristiana de Europa en la Edad Media. (pp12-13)
EL HOMICIDIO SISTEMÁTICO
Pero el signo más claro de la infestación diabólica es el homicidio sistemático para satisfacer la sed inextinguible de los ídolos. Los aztecas creían ser la nación encargada de asegurar a vida en el universo por el ofrecimiento incesante de víctimas. Y también los adalides de la civilización moderna han tomado bajo su responsabilidad proporcionar a sus divinidades un número aceptable de sacrificios. El panteón del hombre moderno está constituido por un sinnúmero de ideologías: Liberalismo, Socialismo, Marxismo, Cientismo, Mundialismo, que permitiría un acuerdo incruento de los usureros de Occidente con los carniceros de Oriente, etc.(...) p.42
(...) En nuestro siglo centenares de millones de hombres han sido víctimas de la guerra, la revolución, hambrunas y toda suerte de calamidades científicamente planeas y ejecutadas por quienes intentan recuperar el Paraíso perdido.(...)p.43
(...) EL DOMINIO DEVORADOR DEL TIEMPO INMANENTE.
Esta civilización materialista se derrumba. ¿Qué quiere decir materialista? Que no hay nada más allá de la materia. Y entonces todo termina con la muerte. Esta civilización, dominada por el tiempo inmanente, está siendo devorada por el mismo y tiene signos de muerte: el aborto, la eutanasia, el divorcio, la desunión, la desintegración, la guerra, la droga....p.43
LOS CRISTEROS EN MÉJICO
La masonería, la represión anticatólica y la rebelión armada de los CRISTEROS en México (I)
Una
revuelta popular que no contó con líderes, ni fue auspiciada por políticos,
banqueros o eclesiásticos. Una acción que no recabó ayudas de otros países ni
tuvo el apoyo de lobbys o grupos de presión.
Alex
Rosal
Algo muy grave pasó en el México
de 1926 para que 20.000 campesinos dejaran sus familias y se echarán al monte
sin dinero, armas y organización militar para hacer la guerra a un ejército de
80.000 hombres, con buenas pagas, profesional y armado hasta los dientes. Un
verdadero suicidio. Una revuelta popular que no contó con líderes, ni fue
auspiciada por políticos, banqueros o eclesiásticos. Una acción que no recabó ayudas
de otros países ni tuvo el apoyo de lobbys o grupos de presión. Un
levantamiento que no fue preparado ni pensado con cálculos humanos. Un
movimiento espontáneo surgido del pueblo que dijo “¡Basta ya!” a los atropellos
continuados del poder político. Una epopeya heroica y desesperada por defender
las propias convicciones y creencias católicas, ante unos políticos empeñados
en arrasarlas con enseñamiento y mala fe.
Nada de ello se puede entender
sin la acción de la masonería, que en México ha sido más transparente e
influyente que en ningún otro país, ostentando un amplísimo poder durante más
de un siglo. Ya lo decía el Presidente mexicano Portes Gil en 1929: “En
México, el Estado y la masonería son una misma cosa”. En aquella época era
raro, raro o muy raro que ministros, gobernadores, senadores, diputados u otros
cargos de responsabilidad pública no fueran masones. El propio Portes Gil
fue Gran Maestre, lo mismo que el Presidente Ortiz Rubio. Y masonería y
catolicismo, ya se sabe, son antagónicas. “La lucha es eterna. La lucha se
inició hace veinte siglos”, proclamaba en público Portes Gil. Por eso no
es de extrañar que desde la independencia de México en 1824 y hasta mediados
del siglo veinte, prácticamente todos sus presidentes tuvieran en común una
afinidad o pertenencia a la masonería, unido a una feroz legislación
anticatólica.
Comienza la persecución religiosa
Al hacerse con el poder el indio
zapoteca Benito Juárez en 1855 –que aprendió a leer y escribir gracias a
un lego carmelita, e incluso se postuló como novicio-, se da el pistoletazo de
salida a la persecución oficial de la Iglesia desde el Estado mexicano. La
Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma de 1859 son toda una declaración de
intenciones: se suprimen las órdenes religiosas, se confiscan los bienes de la
Iglesia y se secularizan cementerios, hospitales y centros de caridad. Además,
se intenta crear una Iglesia cismática, llamada “Iglesia mexicana”, separada de
Roma y de sus obispos, y controlada directamente por el poder político. A Juárez
le sustituye en el poder Lerdo de Tejada (1872-76), que habiendo sido
seminarista en su juventud sigue la estela de su predecesor en eso de ensañarse
con la Iglesia: expulsa del país a las Hijas de la Caridad que atendían
diariamente a más de 15.000 pobres y mendigos, y mantiene con firmeza todas las
leyes anticatólicas. Resultado: miles de campesinos se alzan en armas contra el
Gobierno por un periodo de tres años. Se les llamó Religioneros, y son los
precursores de los Cristeros. El también ex seminarista Porfirio Díaz se
hizo con el poder tras una violenta revolución armada y permaneció en él por un
periodo de treinta años (1877-1910). Aunque fue más tolerante con la Iglesia no
reformó ninguna ley anticatólica e impulsó una educación de corte antirreligiosa.
El general Venustiano Carranza inicia una nueva revolución que le
llevará a la Presidencia de la República (1916-20). Su gobierno destacará por
impulsar una nueva persecución contra la Iglesia. Su ejército, de camino al
poder, se hace notar por sus tropelías: quema de iglesias, múltiples robos y
violaciones, secuestro de sacerdotes y monjas… Según el sacerdote e historiador
navarro José María Iraburu “todavía hoy en México carrancear significa
robar, y un atropellador es un carrancista”. Pero lo más curioso del
“pontificado” político de Carranza fue la actitud de sus gobernadores
con respecto a la religión: imponían en sus Estados unas leyes más propias de
Groucho Marx que de un político con un par de dedos de frente. A saber: ningún
sacerdote podía administrar legalmente el sacramento de la penitencia, salvo a
los moribundos, para lo cual se solicitaba la presencia de un empleado del
Gobierno con el fin de que escuchara, junto al sacerdote, la confesión del
enfermo, que debía decir sus pecados en voz alta. Más: se prohibía la
celebración de la Eucaristía durante la semana y se permitía la del domingo
siempre y cuando se dieran una serie de requisitos, siempre subjetivos y a
merced del Gobernador de turno. Sin embargo, en los funerales era ilegal oficiar
la Misa, así como conservar el agua de las pilas bautismales.
Con Carranza en el poder
el Estado mexicano se asienta en su orientación anticristiana al promulgar la
Constitución de 1917 que imponía lo siguiente: educación laica obligatoria;
reafirmación en la confiscación de todos los bienes de la Iglesia; prohibición
de colegios religiosos, obispados, seminarios o conventos, así como la
existencia de órdenes religiosas. Estaba prohibido proclamar el Evangelio u
oficiar cualquier acto religioso fuera de los templos o de las casas
particulares.
El gobierno del General Obregón
(1920-24) es continuador de la política de Carranza en su inquina
antirreligiosa manteniendo el espíritu y la letra de la Constitución de 1917.
Un miembro de su Gabinete tuvo la ocurrencia de poner una bomba al pie del
altar de la Virgen de Guadalupe, sin lograr el resultado de que saltara la
imagen en mil pedazos –el cuadro quedó milagrosamente intacto-, además de
expulsar del país al Delegado apostólico del Papa en México.
“El enemigo número uno de los
católicos”
Pero quién da una vuelta más a la
tuerca de la persecución religiosa y se abandera como “el enemigo número uno”
de los católicos será el general Plutarco Elías Calles (1924-29), más
conocido como “Calles”. Reforma el Código Penal en la llamada “Ley Calles 1926”
para expulsar a todos los sacerdotes católicos extranjeros y sancionar con
multas o penas de cárcel a los que enseñen religión, vistan de sotana o traje
talar, y proclamen públicamente el Evangelio. A ello se suma la reinstauración
de la Iglesia cismática de México, que controlará directamente Calles.
Al igual que con Carranza, los gobernadores de Estado de Calles estarán
prestos a seguir la política antirreligiosa del Presidente instaurando en sus
territorios leyes curiosas, como la del gobernador de Tabasco, que exigirá al
clero casarse para continuar con su labor pastoral, o la del gobernador de
Chiapas, que amenaza con encerrar en cárceles y manicomios a todo sacerdote que
no tenga autorización legal para ejercer su función. Fue la gota que derramó el
vaso de la paciencia de los obispos mexicanos. De forma unánime, el episcopado
publica una Carta Pastoral que era todo un aviso para navegantes: “Trabajaremos
para que el Decreto y los artículos antirreligiosos de la Constitución sean
reformados. Y no cejaremos hasta verlo conseguido”. La contestación del
Presidente Calles tampoco se queda corta: “Nos hemos limitado a hacer
cumplir las leyes que existen, una desde el tiempo de la Reforma, hace más de
medio siglo, y otra desde 1917… Naturalmente que mi Gobierno no piensa siquiera
suavizar las reformas y adicciones al código penal”. El episcopado replica a
las palabras de Calles, y con la autorización del Vaticano, “ordena la
suspensión del culto público en toda la República”. Los templos se cierran, se
suspenden las Eucaristías y los sagrarios se quedan vacíos… El pueblo se queda
sin sacramentos. Calles, encolerizado, ordena la expulsión de doce
obispos del país, entre ellos el Arzobispo de México. La tragedia se intuye. El
levantamiento popular está cerca…
La masonería, la represión anticatólica y la rebelión armada de los
cristeros en México (y II)
Para
sorpresa de todos, la comisión eclesial encargada de negociar, contraviniendo
las instrucciones dadas por el Vaticano, prescinde de la opinión y consejo del
episcopado mexicano, así como de los líderes cristeros. ¿Qué logró la Iglesia a
cambio? Poco, muy poco.
Álex
Rosal
El mayor error que pudo cometer
el Gobierno de Calles fue creer que la Iglesia en México estaba
compuesta por beatas, ancianos y niños. Los asesores del Presidente mexicano le
convencieron de la debilidad del cuerpo eclesial y de la falta de reacción del
pueblo si forzaba a suspender el culto, logrando que los católicos se quedaran
sin Eucaristía y sacramentos, y con los templos e iglesias cerrados a cal y
canto. ¡Qué gran metedura de pata! El mexicano de a pie se revolvió contra la
enésima cacicada del poder y adoptó rápidamente el grito de “¡Viva Cristo Rey!”
como santo y seña de un malestar que tocaba a lo más íntimo de su ser. De forma
espontánea, los tenderos colocan a la entrada de sus establecimientos carteles
con el rótulo de ¡Viva Cristo Rey!, en claro desafío hacia el poder, y muchas
familias hacen lo propio en sus balcones… El ambiente se caldea y los
asesinatos selectivos llaman a la puerta. A un anciano de la ciudad de Puebla
le vuelan la cabeza por el grave delito de poner a la entrada de su tienda el
citado lema “subversivo”. En Chachihuites, al párroco y a otros tres seglares
les dan el paseo reglamentario. Muchos campesinos intuyen lo que se avecina y
comienzan a recolectar hachas, machetes y viejas escopetas para alzarse en
armas contra un ejército de 80.000 hombres, perfectamente jerarquizado y con
abundante munición. Una locura. Entre agosto y diciembre de 1926 se producirán
64 alzamientos armados, sin conexión alguna entre ellos; todo espontáneo. Poco
a poco se crea un movimiento cristero algo más organizado que llegará a contar
con 30.000 hombres. Sin dinero ni armas, los campesinos cristeros, con una
estrategia de guerra de guerrillas, van arrinconando al ejército de Calles
y se hacen fuertes en buena parte del país.
La Iglesia ante el alzamiento
armado
Pero, ¿y qué posición adopta la
Iglesia ante alzamiento armado de estos católicos campesinos? El episcopado
mexicano declara de forma unánime que “el movimiento cristero es lícito,
laudable, meritorio y de legítima defensa armada”. Los obispos dejan claro que
no tienen nada que ver con el alzamiento armado, pero, a su vez, manifiestan
que “hay circunstancias en la vida de los pueblos en que es lícito a los
ciudadanos defender por las armas los derechos legítimos que en vano han
procurado poner a salvo por medios pacíficos”. El movimiento cristero se
consolida y a mediados de 1928 alcanza la cifra de 25.000 hombres medianamente
armados. “No podían ser vencidos –escribirá el historiador Meyer-, lo
cual constituía una gran victoria; pero el Gobierno, sostenido por la fuerza
norteamericana, no parecía a punto de caer”. El mismo parecer tiene el sacerdote
e historiador navarro José María Iraburu: “A mediados de 1929 se veía
claramente que, al menos a corto plazo, ni unos ni otros podían vencer. Sin
embargo, en este empate había una gran diferencia: en tanto que los cristeros
estaban dispuestos a seguir luchando el tiempo que fuera necesario hasta
obtener la derogación de las leyes que perseguían a la Iglesia, el Gobierno,
viéndose en bancarrota tanto en economía como en prestigio ante las naciones,
tenía extremada urgencia de terminar el conflicto cuanto antes. Eran, pues,
éstas unas favorables condiciones para negociar el reconocimiento de los
derechos de la Iglesia…”.
Ante esta situación se abre un
debate en el episcopado mexicano sobre la licitud o no de seguir amparando
moralmente al movimiento cristero. Los obispos ya habían considerado que la
rebelión armada de los campesinos era lícita al “haber respondido a una causa
grave y haberse agotado todos los medios pacíficos”. Sin embargo, una parte
sustancial de los prelados consideran que la doctrina tradicional de la Iglesia
señala también que la rebelión armada, transcurridos ya tres años de guerra, no
podía considerarse aceptable “si la violencia empleada produce males mayores
que los que se pretenden remediar, y que el alzamiento armado no tuviera probabilidades
de éxito”.
Los “arreglos” entre la Iglesia y
el Gobierno
Así las cosas, la Santa Sede
decide intervenir señalando que “los obispos deben abstenerse de apoyar la
acción armada de los cristeros y permanecer fuera de todo partido político”. A
continuación, nombra a una comisión para que negocie con el Gobierno el fin de
la guerra. Encabezada por monseñor Ruiz y Flores, estaba compuesta por
el obispo Díaz y Barreto, probablemente el único obispo mexicano que
había mostrado un decidido empeño en pactar con el Gobierno. Como asesores se
encontraban el sacerdote estadounidense Parsons y el padre jesuita Walsh.
Para sorpresa de todos, la
comisión eclesial encargada de negociar, contraviniendo las instrucciones dadas
por el Vaticano, prescinde de la opinión y consejo del episcopado mexicano, así
como de los líderes cristeros. Resultado: los representantes de la Iglesia
llegan a un acuerdo con el Gobierno para poner fin a la guerra cristera, sin
lograr que los políticos derogaran las leyes vigentes que habían provocado el
alzamiento armado, y sin obtener garantías escritas para salvaguardar la vida
de los cristeros. ¿Qué logró la Iglesia a cambio? Poco, muy poco. Tan sólo
“arrancó” de los gobernantes unas vagas palabras de conciliación y buena
amistad, y que se aplicarán las leyes vigentes “sin tendencia sectaria y sin
perjuicio alguno”. Muchos se preguntaron, ¿para eso han muerto 30.000
cristeros?
Nueva represión gubernamental
El jefe supremo de los cristeros,
el general Jesús Degollado Guízar, como fiel hijo de la Iglesia,
obedeció las instrucciones de los prelados y mandó desarbolar el movimiento
armado, licenciando a sus tropas con un último discurso: “La Guardia Nacional (cristeros) desaparece, no vencida por
nuestros enemigos, sino, en realidad, abandonada por aquellos que debían
recibir, los primeros, el fruto valioso de sus sacrificios y abnegación. ¡Ave,
Cristo! Los que por Ti vamos a la humillación, al destierro, tal vez a la
muerte gloriosa, víctimas de nuestros enemigos, con el más fervoroso de nuestros
amores, te saludamos y, una vez más, te aclamamos: Rey de nuestra Patria. ¡Viva
Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe! Dios, Patria y Libertad”. Eran
palabras premonitorias. A los pocos días se iniciaba la represión contra los
cristeros. En unos meses 1.500 serían asesinados fríamente, de los cuáles 500
ostentaban el rango de teniente al de general. Murieron más líderes cristeros
tras la firma de los famosos “arreglos” que en los combates.
“Nos engañaron”, declarará con
amargura el obispo Díaz años más tarde. Y monseñor Ruiz y Flores,
firmante del acuerdo, “lloró de verdad cuando se vio burlado, cuando miró el
fracaso de aquellos Arreglos”, cuenta el padre Ochoa. “Yo mismo he visto
llorar al Papa Pío XI –escribirá el cardenal Boggiani- cuando
trata el asunto de los arreglos en México”.
El movimiento cristero llega a su
fin. Se cerraba así una de las páginas más gloriosas e
idealistas del siglo pasado. Miles de hombres, unidos a sus familias, con mucho
que perder y poco que ganar, se habían alzado en armas contra un régimen
totalitario para defender su fe cristiana, conscientes de que hacían la
voluntad de Dios. Habían desafiado la muerte, la persecución y la pobreza por
un ideal. ¿Valió la pena? El México de hoy, sobre todo a nivel eclesial
y político, no se puede entender sin el alzamiento de los cristeros.
Álex
Rosal
(Extraído de Wikipedia- Resaltado en rojo es mío..)
CRISTEROS
“….El Santo
Padre contaba una conversación que había mantenido con uno de los generales de
la Gran Guerra; éste le había manifestado la pena que siempre había sentido cuando necesitaba
trasmitir a los jóvenes soldados la orden de mantenerse a cualquier precio bajo
la ametralladora que los mataría.
¡Cuántas veces
el Pontífice debió proceder de una manera análoga! Lo había hecho y continuaba haciéndolo para Méjico. Esa mañana
misma le habían llegado noticias desoladoras,
hacía apenas unas pocas horas. Sacerdotes, personas jóvenes, habían muerto por la fe;
numerosos obispos han sido arrastrados a la prisión y maltratados.
A pesar de
todo, los católicos mejicanos escribían al Papa que ellos le continuaban sometidos más que nunca. Es reconfortante ver
resistir de manera tan soberbia a
aquellos a los que se le ha dicho que el deber era resistir, pero ¡qué duro
tener que dar órdenes semejantes!
…En otro orden
de ideas, continuó el Papa, algo semejante pasaba en el querido y noble
país de Francia. El Papa había tenido que pronunciar ciertas graves
palabras que exigían grandes sacrificios (Él lo sabía bien), sacrificios entre los más grandes,
sacrificios de inteligencia y de voluntad. Estaba profundamente
reconfortado por las promesas de generosa obediencia que le habían llegado de
una ferviente juventud; este sacrificio era muy bello, y su belleza
recompensaba bien largamente al Pontífice de la pena que había sufrido
imponiéndola…”
“…Esto
demuestra cuán profunda era la alegría del Santo Padre, pero también cómo sentía la necesidad de presentar a todos el
espléndido ejemplo que dan los mártires…” (extraído
de “Los tiempos de la cólera” de R
Valery-Radot), p.222.
….Ahora bien,
estos idilios se llevaban a cabo al mismo tiempo que en Méjico, el judío
Callès, que había sucedido a Obregón en la presidencia, ordenaba la aplicación
de la Carta sectaria de Querétaro que libraba iglesias, escuelas, instituciones
al buen placer del Estado y decretaba la laicización integral de la Enseñanza
enteramente. Promulgada en 1917 y enseguida condenada por la unanimidad
de los Obispos, ningún gobierno había osado darle fuerza de ley y
Obregón mismo se había echado atrás delante de doce millones de católicos
decididos a resistir hasta el derrame de sangre.
La Constitución debía entrar en vigor el 31
de julio de 1926. La víspera, en la provincia de Jalisco, un jefe joven,
Anacleto González Flores, reunió a su alrededor lo que se llamará desde
entonces los cristeros en una liga, la Unión Popular; los que juraron “por
Jesús Crucificado, por Nuestra Señora de la Guadalupe, Reina de Méjico y por la
salvación de sus almas” de defender,
arma en mano, su libertad religiosa. Rápidamente esta liga se extenderá por
todo Méjico. Una nueva Vendée se eleva en el país de los Indios.(Resaltado es mío)
Al mismo tiempo decidieron de responder al
edicto de Callès por el boicotage absoluto. “Desde el 31 de julio, enuncia el
artículo Iº de su programa, los católicos se abstendrán de paseos, diversiones,
cines, teatros, bailes y de toda especie de diversiones públicas y privadas.
Maldito sea el católico que, cuando Dios está ausente de nuestra patria, ose
todavía divertirse!”
Lo mismo será para las vestimentas que no se
debe comprar únicamente en casos de
extrema necesidad, golosinas, frutos, medios de transporte, billetes de
lotería, frecuentación en escuelas laicas, diarios opuestos a su programa. Los
católicos vivirán entre ellos, enseñarán el catecismo en el hogar, rezarán en
familia por la libertad de la Iglesia, organizarán centros de instrucción
religiosa, propagarán sus doctrinas en los talleres, las fábricas, los establecimientos
comerciales.
En cuanto a los Obispos, ordenaron la
suspensión del culto; las iglesias se cerraron; los perseguidores se apoderarán
únicamente de templos vacíos. El Santo Sacrificio desde entonces a escondidas
en las casas amigas; un taller de costura, un escritorio, un comedor, se transformará
de pronto en capilla donde los sacerdotes, disfrazados vendrán a decir la misa,
comulgar los fieles y desde donde partirán, llevando con ellos las hostias
consagradas para continuar su ministerio de pueblo en pueblo
Ante tal resistencia, Callès prohibió toda
reunión religiosa bajo pena de muerte y
repartidas sus bandas en toda la provincia. El 15 de agosto, Don Luis
Batis, cura del pueblo de Chalchuite, acusado de complotar contra el gobierno,
fue fusilado con tres jóvenes presidentes de sus obras parroquiales. El 21, en el pueblo de Monax, el viejo Manuel
Campos es arrastrado al cementerio donde luego de haber sido zurrado, cae,
traspasado de balas, los brazos en cruz, al grito de ¡VIVA CRISTO REY! El grito de unión, de adhesión de los Cristeros. Cuando no son fusilados en
masa, los católicos son colgados en los postes telegráficos o en las ramas de
los árboles.. Impasible los Estados Unidos continúan suministrando armas
y municiones a este gobierno de bandidos….
(Extraído y traducido de “Los tiempos de la
cólera” de Robert- Valery-Radot, pp.152-53)
(Entre las disposiciones persecutorias, con el fin borrar hasta el nombre de Dios en la tierra, la prohibición de saludarse con nuestro acostumbrado ADIOS, reemplazado por el uso de CHAO; la persona que fuera oída o delatada debía pagar una buena multa. Prepárense los que no quieren saber porque eso nos va a llegar...! ¿Y por supuesto ni mencionar : "si Dios quiere", nos vemos, o voy a. )
| El Padre PRO S:J: orando antes de ser fusilado |
| El P.PRO S:J: en el momento de esperar la descarga de fusilería. Abrió los brazos en cruz,sostenía en una mano un rosario y en la otra una cruz; |
| El P: PRO ya muerto se desploma |
| El P.PRO recibiendo el tiro de gracia después de ser fusilado. |
| El rostro del P. PRO fusilado en Méjico el 23 de noviembre de 1927 |













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